Cuando nos enamoramos, casi siempre tendemos a idealizar la situación y a la otra persona, pasando por alto señales de que nuestro amado/a podría no estar bien consigo mismo y por tanto no ser la mejor opción para mantener una relación.

Al principio, si todo va bien, la atención, los detalles y el encandilamiento mutuo hacen que nos subamos a una nube y pongamos a la otra persona o a la relación en un pedestal.

Con el tiempo, disminuyen los detalles y empieza a aparecer quien es realmente cada uno, o más bien en qué momento vital está. Empiezan a surgir los primeros roces, empezamos a ver cosas del otro que no nos gustan y entramos en la fase de decepción. La relación se vuelve mucho más real.

En ese momento, debido a las partes buenas de la relación (atención, cariño, sexo) seguramente ya hemos generado apego, ganas de estar con el otro y de satisfacer sus necesidades, dándolo todo por amor y pudiendo llegar a pasar por alto las nuestras.

Ese amor puede convertirse en algo muy importante en nuestra vida y generarnos un enganche adictivo del que no es fácil salir. Entonces, podemos llegar a fusionarnos con el otro y olvidarnos de nosotros mismos, perdiéndonos en la relación.

Nuestros deseos infantiles de ser atendidos y queridos como seguramente no lo fuimos en la infancia se convierten en nuestro motor principal y entonces (como cuando éramos niños y queríamos a toda costa hacer felices a papá y a mamá para que todo fuera bien), nos volcamos en hacer todo para que la otra persona se sienta bien a nuestro lado y nos dé el cariño que buscamos.

Poco a poco nos vamos dando cuenta, sin embargo, de que esa es una misión imposible, ya que, por más buena intención y empeño que pongamos, la felicidad y el bienestar interior de cada persona depende única y exclusivamente de sí mismo.

También vemos que queriendo satisfacer al otro a toda costa nos convertimos en prisioneros de nuestra propia necesidad de querer que las cosas vayan bien, es decir, de nuestro propio control y nuestro propio miedo (miedo a disgustar o enfadar al otro y que, eventualmente, nos rechace o abandone y volvamos a estar solos).

Esto puede traducirse en: dejar de decir algo para no provocar una reacción tensa o airada en la otra persona, dejar de hacer algo por no saber cómo le va a sentar, dejar de pedir lo que quieres, dejar de expresar lo que sientes o necesitas…

Poco a poco, estas actitudes nos van llevando a alejarnos de nosotros mismos, empequeñecernos, desempoderarnos y empezamos a sentirnos tristes, abatidos o incluso vacíos emocionalmente, en un proceso que, si no lo frenamos, termina llevándose nuestra autoestima, nuestra autoconfianza y nuestro sentimiento de autovalía por el camino.

Generalmente, aguantamos todo esto porque el dolor de la relación nos parece menor que el dolor de dejar ir a la persona que amamos. A fin de cuentas, estamos cableados neurológicamente para evitar el dolor y perseguir el placer. Y en ese momento, seguramente la soledad y/o el abandono nos parecen el mayor dolor a evitar.

Aquí van unas cuantas señales que nos indican si estamos con alguien que toma responsabilidad por su propia vida (incluidos sus sentimientos y reacciones), supone un apoyo nutritivo, saludable y estable, y está ahí para compartir su plenitud y felicidad con nosotros, o no.

1. Cambios de ánimo y tendencia al mal humor: Tu pareja tiene cambios de humor repentinos o sobrerreacciona ante cualquier pequeña cosa, culpándote indirectamente por su tristeza, cansancio, frustración o enfado.
Esto puede provocarte un estado de inseguridad, incertidumbre, parálisis y/o miedo ante sus reacciones y la posibilidad de su rechazo y/o abandono.

2. Critica con desprecio. Cuando la crítica no viene desde un lugar constructivo y amoroso sino desde una actitud de superioridad, desdén o desprecio, puedes llegar a sentir que no vales nada y no eres digno de ser querido. Entonces empieza la desesperación por intentar demostrarle que sí mereces su amor. Esa es una de las sensaciones más tóxicas que se pueden sentir al lado de alguien y una señal definitiva de que hemos de hacer algo.

3. Actitudes pasivo-agresivas. En lugar de decirte directamente lo que le molesta o lo que quiere o no quiere hacer, cuando hace algo por ti lo hace con humor sombrío, malas caras, seriedad o enfado, culpándote indirectamente de sus acciones y sentimientos o incluso haciéndote sentir que eres una carga. Otra actitud pasivo-agresiva puede ser ignorar directamente tus peticiones o sentimientos, haciendo como si no se los hubieras comunicado

4. Muestra celos excesivos y necesidad de controlarte.

5. Tenéis ganas de evitaros mutuamente. Cuando la relación ha llegado a un punto de tensión constante, ambos empezáis a sentir la necesidad de pasar el menor tiempo juntos posible, para que no surjan roces. El problema es que así es imposible crear la intimidad necesaria que requiere la relación.

6. Vives en una montaña rusa emocional. La relación se caracteriza por grandes contrastes, con bajones cuando no hay comprensión ni receptividad a tus sentimientos y necesidades, y sí enfado, mal humor o ausencia física y/o emocional; y grandes subidones con momentos de cariño, pasión, disculpas y perdón

7. Dejas de ser tú: Miedo a expresar tus sentimientos. Cuando lo que le expresas no es lo que espera o desea: o bien se cierra y se pone de humor sombrío o se enfada, o bien le da la vuelta y empieza a señalarte lo que no le gusta de ti, desviando el tema y volviendo la atención hacia ti. Eso hace que cada vez expreses menos, dejando de ser tú y perdiendo tu espontaneidad y confianza.

8. Energía negativa. Antes, durante o después de estar con él o ella, te sientes desenergetizado, abatido, temeroso o triste

9. Piensas sólo en su felicidad. Cuando entramos en el rol de complacer a la otra persona y toda nuestra energía se dedica a pensar en cosas que le hagan sentir bien, olvidándonos de nosotros mismos, hemos entrado en el rol de rescatadores. Hemos de entender que nadie puede hacer feliz a otro por sí solo, ya que su felicidad y bienestar interno depende primeramente de sí mismo.
Sólo cuando el querer hacer feliz al otro surge de manera natural y con ligereza (nuestro bienestar no depende de cómo el otro reciba lo que le ofrecemos), y cuando es una vía de doble dirección (el otro también está ahí priorizando tu felicidad), podemos hablar de un amor sano.

10. Dejas de hacer lo que te gusta. Dejas de hacer cosas que son buenas para ti, que te hacen feliz, te realizan, te nutren y te dan alegría, por dedicar más tiempo y energía a la relación y lo que crees que el otro necesita. En definitiva, poner todos tus huevos en una sola cesta, olvidándote de nutrir las cosas que te hacían feliz antes de conocer a esta persona.

El denominador común de estas situaciones, y lo que nos lleva a una relación tóxica o de dependencia es que nuestra pareja parece basar (erróneamente) su bienestar en nosotros (o culparte de su malestar), y hemos decidido hacernos cargo.

Al entrar en el rol de rescatador, generamos una situación de dependencia: haciendo depender nuestra felicidad de la felicidad de la otra persona, dejando de ser uno mismo para intentar satisfacer las necesidades del otro. Esto generalmente nos llevará a la frustración y el vacío, ya que la felicidad de cada uno depende siempre primero de sí mismo.

Sentimientos y actitudes del complaciente en la relación tóxica:

Si te encuentras inmerso en una relación difícil y te ves ‘aguantando’ cosas que no te gustan, seguramente estás haciendo o sintiéndote de alguna de estas maneras:

  1. Dejar de pedir o expresar lo que sientes, quieres y/o necesitas.
  2. Dejar de hacer o decir algo, porque crees que no será bien recibido.
  3. Intentar complacer a la otra persona (ofrecerle lo que crees que desea, hacer cosas por ella o dejar de hacerlas, olvidándote de lo que quieres tú..)
  4. Sentirte desenergetizado, abatido, temeroso o triste, antes, durante o después de estar con él o ella.
  5. Sensación de peso y decaimiento, más que de ligereza y alegría cuando piensas en la relación.

Todas ellas son la consecuencia de haberte alejado de ti mismo, haber dejado de ser tú y por tanto de nutrir tu propia felicidad y tu alegría.

A esto es a lo que nos lleva una relación tóxica o de codependencia: a anular nuestros deseos y necesidades para no ‘molestar’ u ‘ofender’ a la otra persona, a estar demasiado pendientes de su felicidad… En definitiva, a perder la espontaneidad de ser uno mismo y estar más preocupado por ceder, complacer y que haya ‘buen rollo’.

En una relación sana, la felicidad mutua es la prioridad. Las dos personas están en el mismo lugar y produce placer y alegría hacer cosas por el otro, lo que multiplica la felicidad ya existente.

Si para uno de los dos, nada de lo que hace el otro parece estar bien y/o su felicidad no forma parte de sus prioridades, estamos en una relación tóxica.

Por Belén Giner